SEGUIR ESCRIBIENDO.
Hace un tiempito, no demasiado, los dueños de una famosa librería me pusieron en contacto con un “escritor” para que presentara uno de mis libros. Me dieron su número de teléfono y concertamos una cita, en la cual le regalé mis dos libros. El hombre, al que parecía que le regalasen libros todos los días, se limitó a darme un par de matices y me despachó con la promesa de un nuevo encuentro.
Al cabo de unos días recibí una llamada del escritor. Se había leído mis libros y, ¿adivinan? No les habían gustado lo más mínimo. Al principio me tanteó un poco con preguntas del tipo: qué nivel de estudio tienes, de dónde has sacado esa editorial, si los libros eran autopublicados, como no le gustaron mis respuestas sacó el rifle. Los tiempos verbales estaban mal, todos o casi todos, según él claro, los diálogos fatal, debía poner más señales para que el lector no se perdiera en una conversación de dos personajes, tampoco llegaba a una conclusión, cosa que le fastidió bastante. “Oiga, yo no escribo para lectores tontos a los que el autor les tiene que guiar, si quieren lecturas fáciles ahí tienen a Carmen Mola”. Mi respuesta no amainó el temporal.
Tu editorial te engaña.
Problema mío.
Tienes que cambiar todo de tus libros y volver a publicarlos.
Ni de coña.
Entonces nos encontramos ante el ego del escritor.
(A que no ha tenido problemas, querido lector, para descifrar el diálogo de arriba)
Por lo visto, él sabía mucho de Literatura, cada vez que podía daba Masterclass a esos jubilados que no han podido escribir en su vida y creen que alguien así les va a enseñar en 4 horas. Resumiendo, tenía que cambiar mis dos libros enteros para que el valiente hideputa me presentara siquiera uno. Se metió hasta con las portadas, el amarillo no le gustaba y el fantasma menos, dijo que era pedante hablar de tantos escritores, ¡desde cuando un escritor ha llamado pedante a otro por hablar de escritores! No dejó fantasma con cabeza. El vocabulario, ahora que me acuerdo, el vocabulario estaba bien, dijo, vamos, que tuvo que coger el diccionario para leerme, algo es algo.
Ninguno de los dos llegamos a un punto de encuentro, intentó convencerme diciéndome muchas veces la palabra yo, por lo visto había escrito un libro de cuya trama no quiero acordarme y debía seguir su ejemplo. Cuando colgué me invadió una sensación extraña, ¿por qué había aguantado una crítica tan gilipollesca por teléfono de un desagradecido al que ni siquiera conozco? Supongo que es así la vida del escritor de tercera regional, aún así debía hacer algo.
Desde esta pequeña tribuna que me he inventado, les digo que lean. Vayan a una librería, todos los libros que vean tienen fallos, tiempos verbales “erróneos”, comas equívocas o licencias más o menos poéticas, pero de ellos se aprende, de los que se atrevieron antes que nosotros, no de un don Alguien con ínfulas de profesor.
Hay un montón de escritores a los que admiro que cambian los tiempos verbales, el arte es el único juego en el que no hay reglas. Cormac McCarthy, Antonio Muñoz Molina, Santiago Posteguillo, y si no fuera así, ¿qué más da? Han escrito obras maestras, nos han entretenido, lo han intentado, en definitiva, han hecho cosas. Pasar tu vida viendo la tele o el móvil, criticar a los que se atreven o hacer lo establecido por una sociedad envenenada es en lo peor que puedes emplear tu tiempo. Pero quien soy yo para dar consejos, tengo el mismo predicamento que el sabio arriba citado.
Por mi parte solo puedo decir que seguiré escribiendo, mal, bien, regular, aunque no venda ni un libro, aunque no te guste, eso es lo de menos, no me importa que me critiquen, lo único que me importa es seguir escribiendo.
Marcos H. Herrero.

Sigue, porque lo haces muy bien, porque entretienes, porque tienes un estilo directo, cercano, un estilo que llega al lector. Sigue, Marcos, sigue.
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