jueves, 20 de abril de 2017

Cosas que aprendimos con el porno.


 - ¿Sabes lo que es una teta?
  - Uy, Sí. 
   The Simpsons. 


Siempre hay un chica ligera de ropa
esperando sola en casa al fontanero. 
Otro polvo conocido como farlopa
retrasa el tierno segundo del te quiero. 

En esta industria se paga por gemido,
aquí la buscona no es tan desorejada,
sólo quiere aparecer en una portada 
de la revista con la que se alivia el salido. 

Los cines X son tugurios de calle estrecha,
donde acude el soltero con gabardina
y la madre luctuosa e insatisfecha
a masturbarse lejos de la cruel rutina. 

Si quieres dedicarte al porno, tus pezones
serán mordidos por ojos ávidos e ilusos,
también has de saber los diferentes usos
de la palabra fuck y sus declinaciones. 

Todo correcto en los primeros planos,
hasta que el marido infiel desenfunda,
provocando el desnudo a dos manos
de la secretaria con garganta profunda. 

Tres mejor que dos, dos peor que uno,
lo que importa es el número y el tamaño,
tú tranquila que con saliva no hace daño
aunque entre en un agujero inoportuno. 

Las mujeres más hábiles hacen ventosa,
y los hombres sobreactúan en los ensayos
como si no fueran a ventilarse a la esposa 
del vecino cornudo vendedor de pararrayos.*

La pornstar traga el blanquecino teorema  
sin leer los efectos secundarios del jarabe,
ya sabemos que en algunas bocas cabe
hasta la escasa calidad de este poema. 

          Marcos H. Herrero. 

jueves, 13 de abril de 2017

A la semana de todo menos santa.


Hice un relato a mis 19, casi no ha llovido, sobre la Semana Santa. He intentado rescatarlo de mis papeles pero posiblemente acabó en la hoguera, me llevo fatal con lo que escribo, en fin, que el relato trataba sobre un personaje que va a la catedral de su ciudad, justo después de estas fiestas, para hablar con una talla de Cristo. El redentor le cuenta que se siente solo, que casi nadie lo visita ya, que después de la pompa y las flores todo acaba. Se queja y maldice de todos los quebradizos cristianos que llevaron a hombros un trozo pesado de madera y ahora olvidan. El prota, después de escuchar las inclemencias, abre la verja de la capilla y le ayuda a escapar. Los dos salen por la puerta del templo dejando atrás el incienso y su dogma innecesario. Y ahí puse la palabra fin. 
Sería un mal texto supongo, y como no doy ni con sus cenizas, he fabricado el poema de abajo. A falta de pan, buenas son tortas. ¿Y esto por qué? Pues porque no aguanto la Semana Santa. La gente peca más, de un modo sibilino, hipócrita. Ese gasto en velas, balcones, vino, cilicios, joyas, lágrimas, me hace vomitar hasta pasada la resurrección de las figuritas de madera policroma, cuando la carne débil de los devotos vuelve a delinquir. 


Suenan campanas sobre los tejados,
el silencio impone su ley en toda la calle,
una puerta se abre, móviles preparados
para grabar hasta el más mínimo detalle. 

Por ahí viene otro Cristo redentor
custodiado por falsos creyentes,
al son monocorde de un tambor,
regala lento absoluciones urgentes. 

Un cofrade penitente arrastra una cadena
para limpiar su alma de vacuos pecados,
luego en casa la virgen de la Macarena
le ayudará a dejar a sus hijos amoratados

Los flashes de la gente de tercera fila,
las saetas a una virgen trasnochada,
el policía registrando otra mochila,
no sea que un talibán explote en la grada. 

Capirotes de colores ruegan clemencia
a Dios para que el orgasmo no sea fingido,
en la cofradía todos saben la penitencia
que esconde Magdalena bajo el vestido. 

Un novio macabro fuera de escena,
lo que no aprende el hinchado recluta 
es que excepto la de los hijos de puta
no hay una muerte que sea buena. 

Si quieres ver y ser visto alquila un balcón,
da rienda suelta a tu caridad cristiana,
y disculpa esta pobre letanía, pero la pasión 
no es morir y resucitar la misma semana. 

Cuando todo termine brindaremos con atavío,
por nuestro afán protagónico y el engaño
que sigue vivo entre el acomodado gentío
que olvida los milagros hasta otro año. 

        Marcos H. Herrero. 

miércoles, 5 de abril de 2017

Mi furia ardiente.



Él queda tendido en la calzada, casi no puede respirar. Yo subo al coche intentando no ponerlo todo perdido. Los nudillos y las botas llenas de sangre que no es mía. Con manos temblorosas llamo a emergencias, al colgar dejo la pantalla del móvil pintada de rojo. Creo que ha tenido suficiente. Si sale de esta no volverá a hacerlo. Mi suela aplasta su cabeza contra el asfalto. Se arrastra por el suelo, va dejando un reguero de sangre. Tiembla. Vuelvo a patearle el estómago, la bilis quema su garganta. Hay una mancha en la entrepierna de su pantalón. Está rendido. ¿Te ha quedado claro hijo de puta? Continúo pegando, mi rabia se desata ante el abuso a los indefensos. Él escupe esquirlas de dientes, sangre densa y negra como la injusticia. Miro hacia arriba, la noche se ha vuelto más oscura, es mi cómplice, tengo su beneplácito para seguir. Ojos de gatos me espían desde la maleza, satisfechos. Mi tibia le hace caer al suelo y retorcerse de dolor. Para, para ya por favor. Tiene la nariz rota y yo apenas entiendo lo que dice. Creo que ni me ha visto la cara, sus ojos están hinchados, mañana no podrá abrirlos, tampoco podrá comer. Oye gritos, blasfemias, una respiración fuerte que se acentúa en las zonas por donde entra el dolor. Intenta defenderse a base de manotazos, quitarme de encima. Su amigo, el que estaba grabando, le ha dejado solo, no hay nadie en la calle. Mi nudillo derecho se hunde en su pómulo una y otra vez, a ratos también el izquierdo, más duro aún, más incontrolable. Estás loco, yo no he hecho nada. Clavo mi furia ardiente en el que todavía permanece en pie. Algo me quema por dentro. Cobarde. Le intento agarrar por la camiseta, él suelta el teléfono y sale corriendo. Logro espetarle el codo en la nariz. Sigue grabando. Voy a por el que se esconde detrás de su móvil. Asustado se toca la nariz, retrocede. Hueso contra hueso. Golpes secos, rápidos, dañinos. Mi nudillo se hunde en su mandíbula. No negocio una palabra. Y tú quién coño eres. Me bajo del coche. En sus caras se refleja la bajeza moral, la falta de escrúpulos y educación, malditos retrasados. Uno de ellos sostiene el móvil, quiere inmortalizar la escena para colgarla en sus redes sociales. Son dos. Aprieto el volante, una furia descomunal se instala en mi nuca. Volviendo a casa lo veo, pateando a un gato callejero, indefenso. 

       Marcos H. Herrero. 

Cuando duermo en tu cama.


 "Ser mal poeta no implica una gran tara."

             FBR.             


Cuando duermo en tu cama
aparece en mis sueños una ciudad de Francia,
siempre ocurre, cierro los ojos y la veo,
lejana, onírica, apacible, trabajosa. 
No es París, no es Marsella,
es una ciudad que huele a norte,
y está cerca de un mar con escarcha. 
Lo sé porque una brisa húmeda 
juega a dejar frío en mis labios. 

Los dos nos perdemos en busca de un hotel,
hay fábricas expulsando humo gris hacia las nubes,
al lado de un río huérfano de peces. 
Llegamos muy temprano, siempre es viernes,
y los niños de la misteriosa ciudad
se dirigen a la escuela con la cabeza gacha,
los ojos escudriñando la pantalla esclavista de sus móviles. 

Yo lo veo todo a través de una ventana sucia de niebla,
la ventana de un taxi onírico, fantasmal,
tú vas a mi lado vistiendo pupilas dilatadas,
pelo alborotado, esperanzas de colores. 
Hablas sobre los museos que vamos a visitar,
estatuas de reyes que murieron en una cama,
como en la que ahora sueño con esta ciudad. 

Tu cámara de fotos va fabricando postales;
un viejo ceniciento que fuma en la puerta de un bar,
una pareja que discute entre el frío de un malentendido,
arquetípico y orgulloso él, invulnerable ella,
el taxista con su mirada sonriente en el retrovisor,
alguien que camina por las viejas vías del tren
mientras un perro cruza lento la carretera. 

No llegamos a ningún lado antes de despertar,
el sol que entra por las rendijas de la persiana,
o tal vez los pasos de una gata en el edredón,
me traen de vuelta a un martes inmisericorde.

Ya desayunando compartiremos sueños,
te hablaré de esta ciudad y este poema,
escribe sobre ello me dirás antes de irte
y dejar en el aire tu perfume sedoso. 

Cuando duermo en tu cama
aparece en mis sueños una ciudad de Francia,
no me preguntes por qué lo sé, quizá 
por la falta de erres sobre el murmullo de la gente,
o por las endebles mesas que burlan al chaparrón 
en las aceras olorosas de los restaurantes.


Casi siempre mis poemas suelen generar en ella una emoción, un sentimiento, un no sé, un escalofrío digamos. Termino de escribir y lo noto en la chispa de sus ojos cuando:

Recítame algo que hayas escrito. 

No te voy a recitar nada, es muy malo esto que he hecho. 

Siempre estás igual, a mí me gusta mucho tu letra y punto. 

Que te guste no significa que sea bueno, de hecho es horroroso, tu opinión no es imparcial, nunca una musa dijo que no le gustara el arte que inspira. 

Con zalamerías de bruja dulce, acaba por convencerme y leo, tímido e inseguro, las palabras que siempre construyo para ella. Al punto final sonríe, aplaude, a veces llora, se paraliza, piensa, regala besos, abrazos, en fin, me obliga a seguir escribiendo para volver a repetir lo mismo. Cada dos o tres poemas o artículos o relatos, dice que ya es hora de hacer el libro, y ahí sí que no, una cosa es un blog y otra las páginas sagradas de algo sagrado para mí. Sin embargo esta vez ha sido diferente, mi numen no ha reído, ni llorado, ni tan siquiera ha expuesto una mueca en su rostro, termino de leer el poema de arriba y nada, pasividad absoluta. Parecía imposible pero he defraudado hasta a la deidad que tanto me inspira, de ahí ese verso de Felipe Benítez Reyes. Así que no me ha quedado otra que reservar dos plazas de un avión barato para llevarla a una ciudad del norte de Francia, quizá haciendo realidad mis escasos sueños ella vuelva a sentir algo por mis textos. Tenía que escribirlo. 

      Marcos H. Herrero. 

domingo, 19 de marzo de 2017

La revolución de los corrientes.



David se levanta lleno de legañas a las 6 de la mañana. Desayuno, ducha rápida, beso a la mujer. Sale de su casa y andando, con frío o calor se dirige a su trabajo. Intenta ser puntual, disciplinado. David trabaja para una gran compañía que no valora su esfuerzo, aguanta a un jefe mediocre y patético, puesto en un despacho por ser hijo o sobrino de tal. David dice a todo que sí, finge un bienestar laboral que no tiene, no alza la voz, no le pagan las horas extra. De vuelta en casa, a veces a las 2 de la tarde, a veces a las 4, David conecta las noticias. En la tele salen unos trabajadores en huelga, que ganan en un mes lo que él en un año, voceando frases prefabricadas como "Ni un paso atrás", para exigir al gobierno unas condiciones laborales óptimas, digamos perfectas. Se le atraganta la comida. Frustración, remordimiento, puño apretado. La comida pasa por su esófago al igual que sus palabras, que nunca saldrán más allá de su boca. Él no es de manifestaciones, ni de slogan, ni de puño en alto, ni de gritos, ni de egoísmo, David, como la gente corriente, lo único que hace es trabajar, trabajar y callar envuelto en una rutina asfixiante. 
El niño corre por el salón y levanta a David de la rabia del telediario. Pobrecillo, piensa, él nunca sabrá lo que es el arribismo, lo poco que consiga le costará demasiado, es hijo de un cualquiera, de un don nadie, nació en la familia equivocada. No corras, dice la madre, deja a tu padre comer a gusto. Por cierto, fui a echar el curriculum a la tienda esa que puso el cartel, me han dicho que ya me llamarán. ¿Cuántas veces habrán oído y pronunciado esa frase? No hay que perder la esperanza. Consuelo tantas veces pronunciado que no vale para nada. De fondo continua el ruido de la tele, sindicatos y patronal. 
La tarde no regala siesta ni juegos a la luz ambarina del otoño, sino más horas extra, esta vez sí, pagadas pero escasas y a destiempo, en un bar del extrarradio. El jefe llamó, hay partido de Champions, me quedaré hasta tarde. Cerveza derramada, gritos, banderas, desprecio. De camino a casa el cansancio le hace pensar en una revolución, una revolución de gente corriente, como él, esos trabajadores que callan y cotizan por míseros sueldos, que viven con el miedo al despido, que luchan en una batalla con olor a sangre y derrota. Recuerda las noticias. Prejubilación, real decreto, huelga. Quizá, se cuestiona, debajo de la máscara de Guy Fawkes hay sueldos con demasiados ceros. 
El hijo de David ya duerme cuando él llega a casa. Después de arroparlo le da un beso en la frente. Su mujer espera para cenar. No me han llamado para ningún curro. Un dolor de fin de jornada sube por la espalda. Pronto será domingo. ¿Sabes? Venía pensando en que si la gente común, como tú y como yo, la gente que trabaja una barbaridad, la que está en el paro, nos uniéramos, conseguiríamos grandes cosas. Anda, calla, vamos a la cama que mañana hay que madrugar, tengo que ir la entrevista de trabajo que te comenté, esa de auxiliar de exposición. Lo digo en serio, podría ser la revolución de la gente corriente, los que estamos hartos de currar, los olvidados, los que levantamos este puto país. David, no me estás haciendo ni caso. Discusión, enfado, malas caras. La aguja del despertador marca el número seis. El botón ya está preparado para su puntual navajazo. David sueña con su pequeño levantamiento, ve a su jefe pateado por las zapatillas desgastadas de los mediocres. El sistema ardiendo en fuegos de artificio con la letra V. Mañana será otro día, muy parecido a hoy. 

       Marcos H. Herrero. 

domingo, 26 de febrero de 2017

Si tú no fueras tan yo XXXI. Ultimísima entrega.


Desde hace seis meses él no aparece tras la niebla del espejo. 

Me llevaron a especialistas. Decían que hablaba solo, que tenía un problema. 

La cama donde estoy ahora es metálica, fría, terrorífica. Tengo las manos atadas. 

Un hombre famélico y amargado entra en la habitación. Se acerca, lleva implantes mal disimulados en el pelo, mira el suero de un gotero conectado a una vena de mi brazo ¿será suero?

¿Dónde estoy? 

¿No recuerdas nada? 

Mi cara de gilipollas hace que el hombre misterioso siga hablando. 

Te trajeron hace meses. Estás aquí para curar tus problemas. 

¿Problemas?

Extrae de los pies de la cama una carpeta. En la solapa de su bata blanca lleva una placa indentificativa que reza: Tu trabajo. 

Hojea folios garabateados. Gráficos irregulares. 

Según esto tu cabeza no anda muy bien. Has recaído. Te recogieron de la calle, por lo visto hablabas solo, los viandantes se asustaron y llamaron a la policía. Tienes que estar tranquilo, yo soy doctor y voy a poner todo mi empeño en estabilizarte. 

¿Cómo te llamas? 

No te lo puedo decir, ahora estás muy débil y asimilar determinadas tesituras puede hacerte daño. 

¿Cómo salgo de aquí? 

Tienes que recuperarte, aún estás convaleciente, pero saldrás pronto, con el debido tratamiento volverás a ser el de siempre. 

¿Cuál es ese tratamiento?

Te voy a recetar puntualidad, rutina, obediencia. Cuanto más trabajes mejor. Madruga, madruga mucho, eso hará que los síntomas disminuyan. Trágate tus palabras cada hora. No rechistes. Aguanta amenazas. Un poquito más de cobardía no te vendría mal. 

¿De qué coño estás hablando? No quiero hacer eso. 

Sabes perfectamente de lo que hablo, llevas haciéndolo tiempo. Desde hace meses pagas las facturas, la hipoteca, el desastre, eso es bueno. Pero has recaído y no lo puedo permitir. 

De qué coño me hablas. Desátame por favor. 

No voy a desatarte. No, hasta que cambies de vida. Mira las arrugas de mi cara, la falta de sonrisa, mi entrecejo hundido. Esto es lo que quiero para ti. Enfádate, la frustración guiará tu camino. Deja que apriete más tus ataduras. 

El daño se hace casi inaguantable en las muñecas, también en el tobillo. Una lágrima se desliza borracha por mi mejilla. 

Yo no quiero esto. No. No. Necesito una revolución que rompa estas cadenas. 

Eso es intolerable. Piensa en las facturas, en el banquero de la esquina. Todo tiene un precio y tú, como todos, tienes que pasar por caja, medir cada euro, ahorrar para un futuro que no tendrás. Cálmate, lo que te digo es cierto. Los dolores de espalda y de cabeza te recordarán que mi tratamiento da sus frutos. 

Me estás agobiando. No acepto tu tratamiento. Lárgate. Lárgate. 

No olvides mis palabras, al final pasarás por el aro, serás uno más de tantos. 

Que te larges, fuera. Vete. 

Cierro los ojos con fuerza. Oigo un portazo. Noto la presión acumulándose en mi sien izquierda, baja por la espalda, se instala en los riñones, va dejando un reguero de dolor a su paso. Mi vista vuelve a la habitación. Se ha ido, no hay nadie. El silencio calma mis puños, los dedos de mis pies. 
La puerta se vuelve a abrir, despacio. Atisbo tras ella a una tímida mujer que viene hacia mí silenciosa, sonriente. 

He oído un golpe. Ese doctor que acaba de salir es un desquiciado. ¿Estás bien? Deja que desate tus ataduras. 

Tiene los ojos grandes, el pelo color fuego, fuego de una mañana recién nacida. Su piel es lechosa, contrasta con cualquier foco de luz. Parece divertida, sensible. Su bata es azul, diría azul eléctrico pero nunca se me dieron muy bien los colores. 

Siento mucho lo que te están haciendo. Es una injusticia. 

Baja la cabeza, suspira. Sigue hablando. 

¿Tienes frío? Puedo traerte una manta. 

No, gracias, estoy bien, sólo quiero irme de aquí. 

Aún no puedes Marcos, hoy pasarás el día en esta habitación. Ya, ya sé que es tu cumpleaños pero necesitas descansar y darte cuenta de todo lo que estás viviendo. Hacer balance. 

Pasa su mano blanca por mi cara. 

¿Quién eres? 

Antiguamente me llamaban Afrodita, Eros, Cupido, Venus. Ahora ya no tengo ni nombre. 

¿Estás de coña? Me queréis volver loco. 

No, he venido a hablarte del amor, sí eso, creo que ahora me llaman amor. 

Joder. Tú sí que estás loca. 

Quiero que hablemos del mar y sus secretos, de las caricias que pasearon un día por tu piel, de las musas que crees que se marcharon. 

Pues yo no quiero hablar de eso. El mar me cae muy lejos, las caricias están olvidadas y las musas... Digamos que yo nunca estuve con una musa. 

Se sienta a la orilla de la cama. 

¿A quién quieres engañar? Estamos solos, tranquilízate, baja el escudo. Te lo puedes creer o no pero sé muchas cosas, estoy a tu lado cada día, en muchas situaciones y aunque finjas no verme, yo a ti sí te veo. Te veo sufrir, agobiarte y luchar por esas caricias que crees olvidadas. Soy la dueña de tu vida, todo lo que haces lo haces por mí. ¿Qué te ha dicho el doctor, que trabajes, que seas obediente, que pagues las facturas? ¿Y sabes por qué haces eso?

Porque no me queda otra. La sociedad es así, al final tienes que hincar la rodilla y aceptar todas esas situaciones mundanas que juraste y perjuraste no entrarían en tu vida. Yo lo llamo el síndrome de la naranja mecánica. 

Te equivocas. Lo haces por amor, porque quieres que las personas que están contigo sean felices. Luchas, aguantas y maldices por y para las sonrisas de tu gente. Cuidas de un anciano, de los animales, del amor de tu vida. Eso no es vulgaridad, ni mucho menos. Lo que pasa es que lo haces mal, al primero que tienes que querer es a ti, mirar por ti, preocuparte menos de los demás. Entre el tumulto de los días laborables hay una persona que te necesita, tú. 

Eso es muy difícil querida. Tú no eres amor, eres una utopía. 

También me dicen esa palabra. Incrédulos. 

O realistas. Fácil es decirlo pero llevarlo a cabo es otro cantar. Amo muchas cosas, la poesía, la literatura, el cine, la familia, estar con mis amigos, pero después de diez horas de trabajo se hace muy difícil todo eso. 

¿A quién te gustaría parecerte? 

Sabes esas personas que suben fotos a las redes sociales, sonrientes, felices, en lugares exóticos con sus parejas, demostrándole al mundo un amor que no tiene fin, selfies retocados por filtros armoniosos, vivir a través de una pantalla, pues todo lo contrario. 

Eso es lo que quieres. Ser diferente a los demás. 

Regalar una ternura distinta de todo ese paroxismo, pero es casi imposible. 

No te niegues a ti mismo. No hace falta que me mientas. Tú después del trabajo llegas a casa y das un beso a la persona amada, estás con tu familia, lees, escribes. Al único tipo al que no le dedicas tiempo es a ti. ¿Qué harías si pudieras salir de aquí ahora mismo?

¿Qué hora es?

No lo sé, no tengo reloj, supongo que será tarde. 

Pues ir al bar con mis amigos, me están esperando seguramente. 

Eso se llama como yo, amor. 

La puerta se abre estrepitosamente. Un hombre traspasa el umbral tambaleante y despeinado. 

Eso se llama alcoholismo y es lo mejor. Largo de aquí zorra, tú siempre le has traído dolor a Marcos. 

¿Nos estabas espiando detrás de la puerta?

Sí qué pasa. Yo hago lo que me da la gana. 

El hombre, descamisado y hortera, parece borracho. Me mira. 

Hola mi niño, he pasado por el bar y te he traído un par de cervezas frías. Incorpórate, que empieza la juerga. 

No parece borracho, está borracho. 

Y tú, fuera de aquí coño, no te queremos, Marcos sólo necesita un chupito, no patrañas estúpidas. Qué le habrás contad, joder. Milongas de caricias y domingos de sofá, a la mierda, los domingos son para tener resaca. Largo. Por suerte mis licores harán que olvide todas las bobadas que le has metido en la cabeza. 

Ella echa un último vistazo a mi cuerpo malherido y cansado. 

Acuérdate, yo curaré tus heridas. El lunes después de la resaca que dice este verbenero, tus labios rogarán por un beso, tu mano buscará otra mano, y la única que estará contigo seré yo. 

Métete esas gilipolleces por el culo y déjanos solos, él jamás te va a creer. 

Con aire de batalla perdida ella abandona la estancia. No te vayas por favor, quiero seguir hablando contigo. 

Menos mal que ya se ha ido, toma, bebe, es la cerveza que más te gusta. Brindemos. Por el número 31, con todas las noches que hemos pasado juntos nunca pensé que llegarías tan alto. 

La cerveza que me ha puesto en la mano está fría. Me la llevo a la boca, la espuma me hace sentir reconfortado, hablador. Al tercer trago el hombre loco que se pasea haciendo eses por la habitación y contando chistes a las paredes me cae bien, podría ser incluso mi amigo. La quinta anilla que aplasta la hendidura de una lata por la que saldrá cerveza cada vez más rápido hace un sonido delicioso y crujiente. 

Tío, vámonos por ahí a follar, la noche está en aceptable uso. ¿Quién carajos dijo eso?

Ángel González. 

Aaaahhh qué cabrón, no se te escapa ni una. Espera que te desato los tobillos. 

Al acercarse a la cama cae al suelo. Su risa sube en un estruendo alcohólico. No sé por qué pero yo me río también. Trepa a duras penas a la cama. El aliento denota demasiadas noches de jarana. Se tumba medio dormido a mi lado. 

Creo que me he pasado con la tipa esa a la que mandé a tomar por culo. 

Eres demasiado bruto yo creo. Sabes, creo que la echo de menos, era muy guapa y estaba buena. 

Tenía buen culo, pero como esa hay mil, y mejores. ¿Hace un chupito? ¿Qué bebes últimamente? Puedo conseguir lo que quieras. 

Depende de la hora, supongo que ahora mismo cualquier cosa. Cerveza o Vodka o Ron. Si es chupi prefiero hierbas. 

¡Qué bueno eres! Si es que te quiero. 

Yo también te quiero. 

Nuestros efluvios etílicos se mezclan en un abrazo que parece sincero pero que es obra del alcohol. No quiero decir lo que voy a decir, me siento extraño, derrotado tal vez. 

Creo que he fracasado en la vida. Todo lo hice al revés. Puta mierda de vida. Yo sólo quería ser escritor, llevar al papel historias que nadie ha escrito. Sacudirme esta maldita mediocridad, dormir abrazado a musas eclécticas. Y sin embargo aquí estoy, abrazado a ti. 

Estar abrazado a mí es la mejor terapia. 

Reconoce que al final me vuelves un poco depresivo. 

Joder, y qué tipo de ayuda necesitas. 

Me gustaría hablar con él. 

¿Con quién?

Ese que aparecía en el espejo. 

¿Quieres eso, de verdad? Espera, conozco a alguien. Eeeeyyyyy ya puedes pasar. 

La puerta se abre con un viento furioso y espontáneo, tras el cual aparece en escena una vieja que viste de un negro andrajoso. Medio bruja, medio abuela friendo huevos. 

Es una amiga, se llama muerte. 

No hace falta que me presentes, nos conocemos de hace tiempo, Marcos escribe mucho sobre mí, piensa mucho en mí. ¿Verdad?

La poca borrachera que me quedaba se esfuma entre los pómulos marcados de la parca. Mi corazón se acelera. 

No... no esperaba verte por aquí. 

Tanto tiempo que pasamos juntos y aún tiemblas cuando me ves. 

¿Ha llegado ya mi hora?

Todos preguntáis lo mismo, creéis que sólo valgo para deslizaros el dedo por la frente, para apagar vidas. Sirvo para mucho más y tú lo sabes. He venido para que hables con alguien. 

De su túnica zaina saca lenta un pequeño espejo. Me lo planta enfrente de la cara. 

¿Qué ves?

Nada. Ni siquiera mi reflejo, ¿qué intentas mostrarme con tu brujería?

Pasa su mano venosa por el azogue y conforme se retira aparece la silueta de un tipo al que conozco bien. O conocía. Soy el primero en hablar. 

¡Cuánto tiempo sin verte! ¿Por qué ya no me diriges la palabra?

Lo sabes perfectamente. Eres un vendido, ya no hay poesía en tu noche ni literatura en tu día. Te mueves como uno más de tantos. Callas lo que callan todos, hablas como la mayoría. Te retiré la palabra cuando vendiste tu letra por un sueldo miserable. 

Aquí estamos los cuatro, la muerte, mi alcoholismo, mi alter ego y yo. Ajustándome las cuentas. 

¿Qué querías que hiciera?

Aguantar, seguir escribiendo. Has mentido a todo el mundo, que si habrá libro, que si ahora no. Me dejaste un sabor amargo en la boca. Prometías y te has quedado en eso, una promesa vana que se lleva la corriente. 

Yo no tengo la culpa, hago lo que puedo. Las ideas están pero me falta tiempo para cumplir esas promesas. 

A mí no me puedes llegar un día y decirme que vas a ser escritor y al día siguiente tener miedo al fracaso y volverte lo más mundano posible. 

Subsisto en un mundo hostil, que no es poco. 

Mírate, si hasta tú mismo te llamas mercenario sin vocación. La falta de talento, o mejor dicho, fallar en la búsqueda de ese talento ha hecho que yo desaparezca del espejo. 

Mi miedo al fracaso me lleva a escribir, pero lo único que hago es exponerme más al fracaso. La presión, la falta de tiempo y sueños, la hartura es insondable. 

Eres un adicto a la derrota, quieres ser el vencido antes si quiera de levantarte por la mañana. Desencantado es poco para expresar lo que siento. 

Di lo que sientas, me da igual. 

Pues que te odio, Marcos. Sinceramente, tú ya no eres tan yo. 

       Marcos H. Herrero.

lunes, 20 de febrero de 2017

Pero aquí estás.


Después de trece años vuelvo a la primera cena a la que fui con ella. 

El restaurante se ha vuelto francés, tardío, libertino. 

Sin embargo ella no ha cambiado nada
sigue siendo una chica inocente 
que huele la comida con una sonrisa
baila entre plato y plato
degusta los sabores exóticos 
y me ofrece su mano justo antes
de llevarse el vaso a la boca. 

Yo soy el que ha cambiado
más alcohólico, más fracasado
encerrado en una cárcel de papel
las arrugas denotan cargas lamentables
ya no me río tanto ni hago en exceso el payaso
llego siempre tarde a las citas literarias para con ella. 

Disimulo para que mis taras no se noten mucho
tal vez con esta pose de pícaro vencido
pueda enamorarla como hace años. 

Lo que más cuesta del amor es
volver a besar con la misma ternura
unos labios pretéritos que causaron herida. 

Yo te enseñé la cara amarga de la vida
el cansancio de las tardes obsoletas
una ciudad que anhela tus pasos
un arañazo aséptico en la nuca
la luz parpadeante del neón 
los desvaríos versados
deudas, desastre 
y poco más. 
En cambio tú a mí
me enseñaste museos 
acuarelas, librerías, cultura
besos de chispazos impagables 
una sonrisa para los días nublados
tu pañuelo blanco exigiendo el indulto 
que la vida no es tan amarga a pesar de todo. 

Aún nos queda mucho si tú quieres. 

El tranvía, con su estruendo mecánico 
sus chispas iniciando fuego en el camino
su cambio de vías y su decrepitud 
sigue llevándonos arriba de la ciudad
donde la vista es más fría y más bella
donde el vértigo pide dar un salto mortal 
donde hay un restaurante para celebrar
las caricias acumuladas de los años. 

¿Qué extraña magia ha hecho que acabemos juntos?

Ni el más inconsciente de los mortales habría apostado por nosotros. 

Pero aquí estás. 



      Marcos H. Herrero.