sábado, 15 de julio de 2017

Las ventanas resbaladizas de Amsterdam.


El aire que entra en sus pulmones y es expulsado por una boca huérfana de dientes, de una manera sublime, hacia esa trompeta del siglo pasado, melancólica y adicta, arrugada y talentosa, hace que la noche parezca el comienzo de una película de Woody Allen. 

Estamos en un club de Amsterdam y huele a cerveza fermentada, hay copas vacías en la barra, cigarros humeantes sostenidos por mujeres sin marido, camareros cansados, hombres con sombrero en el perchero, cuadros de antiguos músicos en éxtasis, y un tremendo cuarteto de Jazz al fondo del local. Todo es oscuro menos la música que se pasea a diferentes tiempos entre la niebla, desabrochando botones, poniendo la piel de gallina, consumiendo los cigarros. 
El pianista es elegante, el único sobrio de los cuatro, acaricia el marfil con una cadencia pausada, mueve los hombros irregulares y su zapato derecho, brillante como ninguno, no para de pisar la alfombra al ritmo de la música. El batería es un tipo delgado y negro, casi consumido, parece poseído por algún espíritu maligno, sus baquetas suben y bajan, golpeando adictamente los timbales, el plato, los platillos. El contrabajista lleva barba y también es negro, sus dedos son largos y nerviosos, se mueven por las cuatro cuerdas como gatos eléctricos, toca de pie y pone caras raras en cada arpegio. A la trompeta Chet Baker, con gafas de sol, demacrado e inquieto, repeinado, más flaco que de costumbre. Hincha sus escasos carrillos y hunde los pistones con dedos de toxicómano, resulta casi imposible que un esqueleto desdentado pueda realizar una música tan rotunda. 

Dicen que le sacaron los dientes en un ajuste de cuentas, susurra un tipo que con un gesto hace que el camarero rellene su copa de whiskey. Yo he oído que le pegaron entre cinco a la salida de un bar, interfiere un hombre gordo acodado por ebriedad en la barra. Callaros de una vez, exige una rubia embelesada por la belleza musical y terrenal del trompetista. 

La verdad es que Chet ha sido un diablo con cara de ángel. Conoce las cárceles de América y Europa, es drogadicto y mujeriego, debe dinero a usureros de barrios peligrosos, pero su música eclipsa todo lo demás, con ella ha recorrido buena parte del mundo hasta llegar a este antro de Amsterdam. 
La vida para un artista como él no es fácil, las adicciones son poco menos que incurables, conseguir droga en estos malditos 80 es demasiado sencillo, no hay esquina de cualquier extrarradio de cualquier ciudad en la que no haya alguien sospechoso dispuesto a venderte heroína. Y las mujeres, su otra gran debilidad aparte de los coches rojos y veloces, todas quieren estar con él, cuenta con tres esposas y varias amantes, ninguna sabe de la existencia de las otras pero recelan bastante. A Chet no le importa, las ama a todas por igual, lo único que está por encima de estas adicciones es el jazz. 

La última nota sale larga a través de su trompeta, cierra los ojos mientras el foco de luz se apaga en torno a sus arrugas. El aplauso es atronador. Chet guarda su ensalivado talento en un estuche de terciopelo, apura su cerveza y sale a la calle furtivo, sin despedirse, renegando del vacuo elogio. La noche primaveral lo acoge sin remilgos, las aceras están vacías, debe ser tarde, pesadas bicicletas duermen apoyadas sobre las barandillas, cuando unos tacones se acercan clandestinos por la espalda del músico. La rubia que embelesada mandaba callar los cuchicheos de los borrachos ofrece su compañía al trompetista, que agradece tocándose el borde de su sombrero nocturno. Juntos entran al hotel, y ya en la habitación beben tequila y ginebra, Chet desenvuelve una bolita de papel metal, fuman, quizás hacen el amor. Antes de amanecer ella se despierta en una cama extraña y ve a su amante pasajero trepado al alféizar de la ventana, en la última postal con vida que dejó el músico. Chet resbaló, o se lanzó, quién sabe, al vacío del crepúsculo estampándose contra un coche rojo, tiñéndolo de más rojo, mientras una rubia gritaba desde la ventana resbaladiza del suicida. Sus dos grandes amores, los coches y las mujeres, condensados en una muerte absurda y patética. 

Escribo esto mientras la trompeta inmortal de Chet Baker suena en la habitación haciendo eco en los pasillos. Un relato a medias inventado, a medias verídico; es cierto que resbaló en una ventana de Amsterdam, muriendo en el acto, pero su último concierto no lo dio allí, sino en Alemania, el penúltimo fue en Madrid, pero a quién le importa, ¿verdad? Su vida rebosa leyenda y exceso, como muchos genios del jazz, casi todos olvidados. Me pregunto si alguien encontrará a Chet Baker leyendo este relato, si algún alma caritativa escuchará My funny Valentine después de salir de aquí. Ay, querido Chet, creo que mi letra no llega a tanto. 


        Marcos H. Herrero. 


jueves, 6 de julio de 2017

Está tan lejos un lunes de un poema.


Te convertirás en poeta,
juré una noche frente al espejo,
en el baño de una taberna 
de maderas simuladas y oscuras. 

Había humo, así que fue hace tiempo,
había también palabras temblorosas 
escritas con llave detrás de la puerta,
hablaban de amor y de saltos al vacío,
la esperanza de tantos que como yo
quisieron escapar del cruel olvido. 

Tú serás diferente a los demás,
continuaba mi letanía desde un espejo sucio,
lleno de huellas de borrachos,
de alientos calientes y etílicos,
de caras con arrugas profundas,
de risas sórdidas, dañinas, jokerianas. 

Envenené mi sangre con licores prohibidos,
la desazón marcó el ritmo a seguir,
así como la rabia de la página con tachones,
y los relojes, punzantes y a deshora, 
que siempre indican un adiós apresurado. 

Como la lágrima que desmaquilla
la cara de un payaso sin público, logré
girar el timón hacia dónde me indicaban
los versos de todos los poetas que amo. 

De nada valió el insomnio y los fugaces aplausos,
la tinta derramada por el suelo, 
las tormentas de primavera
que enviaban Relámpagos a mi ventana. 
La mundano, con su cuchillo de lunes,
asesinó por la espalda mis escasos sueños. 

Y ahora los días laborables juegan conmigo
como juega una niña consentida con sus muñecas,
pintándome de grises las sonrisas,
alejando de mi tacto a la poesía. 

    Marcos H. Herrero. 

domingo, 2 de julio de 2017

Generación Z.




Hace dos meses entré a darle de beber a mi sed en un bar regentado por un conocido. Estaba casi vacío y después de los saludos de rigor y de la dispensación de mi bebida entablé plática con el dueño. Tardó poco mi interlocutor en quejarse sobre la situación laboral del país. Mira cómo estamos, la gente ya no sale de casa, y un bar sin terraza no puede subsistir, antaño sí que se ganaba dinero, no como ahora. Esa reminiscencia pasada por la que lloran la mayoría de los empresarios a mí como que se me hace bola, no la aguanto, vaya. 

Pues yo pertenezco a una generación que no ha vivido esos maravillosos años por los que tú sollozas, y estoy harto de los empresarios cincuentones que no hacen más que recordarnos lo mucho que ganaban hace 20 años. Nosotros salimos al mercado laboral y en nuestro primer día de trabajo nos dijeron, "Vas a trabajar muchas horas y a ganar una mierda porque la vida está muy mal, pero oye, no veas hace 10 años, se ganaba dinero a espuertas." Para una plaza de bedel u ordenanza se presentan miles de personas, los que han acabado una carrera, los trabajadores, los leídos, los que sólo tienen el graduado, los enchufados, todos, la competencia es abismal. Hace años vi en este bar a falsos constructores que sin haber leído un libro en su vida comían en los mejores restaurantes, bebían agua de un glaciar de Noruega y se ponían piripis con los licores de las estanterías de arriba. Hoy esos coprófagos que nos vendían casas endebles un 500% más caras de lo que en verdad costaban, comen en Cáritas y beben agua del grifo. El problema es que son muchos los que ahora no pueden pagar la hipoteca de la casa endeble. 

Al principio estaba hasta mal visto ser mileurista, ahora el que gana mil euros en esta ciudad con un canto en los dientes se tiene que dar. Y aún así no nos quejamos, somos la generación perdida, la generación Wifi, la generación Low Cost, somos la generación Z, zombies perdidos en las redes sociales, en las nuevas comunicaciones, porque descubrimos que nuestros teléfonos tienen cámaras y desde ahí nos exponemos al mundo exhibiendo nuestra mediocridad; cantamos, bailamos, hacemos fotos a la comida, seguimos modas absurdas y fatales que dañan la vista, cuando no entendemos algo o la presión nos acorrala inventamos frases como "Me bajo de la vida", y con eso y algún que otro meme sobre las estupideces del día a día vamos tirando, si salimos de viaje tenemos que subir fotos cada 20 minutos para que la gente se entere de donde estamos, incluso algunos, como yo, se atreven a escribir (verás como esta perorata Fight Club acaba en mi blog), todo ello falto de talento, buscando fama y aumentar la cuenta de me gusta, preocupados por dar una falsa imagen de belleza y felicidad en todo momento. 

El dinero que cuesta una casa hace imposible la compra, los bancos no nos fían y vivimos con el miedo a que el jefe nos despida, por eso el mundo no conoce nuestra voz, menos aún nuestro grito. Nos ha explotado en la cara la mierda de una clase política cuya corrupción vosotros no supisteis parar en los "años del cemento". Porque pensáis que cuando fuisteis jóvenes y hermosos la política estaba mal pero ahora está peor, la pluralidad política tan cacareada ha sacado todavía más odio a la gente, tenemos un presidente analfabeto y pueril que se pasa la cultura por el forro, la tercera parte de su partido está imputada en casos de corrupción, la clase social media está desapareciendo, ya no hay grúas en el paisaje, Cataluña se quiere ir lejos, los sindicalistas nos roban, los de izquierdas nos roban, los de derechas nos roban, y fuera de este país ni te cuento, Trump dirige Estados Unidos, Rusia es de Putin, Siria llora, Irak llora, África llora, Inglaterra se va de la Unión Europea, totalitarismo en Turquía, Egipto, Corea del Norte. Y lidiamos con esto, todos, usted y yo, cualquiera que abra el periódico o vea las noticias, pero entienda que para un treintañero que busca trabajo se hace más difícil. ¡Cuántos se tuvieron que largar de este país!

¿Pensabais que los buenos tiempos no se iban a acabar, que un encofrador seguiría cobrando 4000 euros al mes, que el dueño de un bar chiquito podría tener una casa de tres plantas y dos coches, que la especulación es eterna, que el director del banco saldría de su despacho para aumentar vuestro crédito con una sonrisa, que la recesión no llamaría a nuestra puerta? Pues eso es lo que está sufriendo mi generación, el encofrador espera en la cola del paro, el dueño del bar cuelga un cartel de Se traspasa, el director del banco nos niega el saludo, y nos han recordado tanto la palabra recesión que ha dejado de tener sentido. 

No se confunda lo que digo con la queja permanente del misántropo. Quizá de todo lo que hable el bocazas saquemos algo que merezca la pena. 

Cóbrame, llego tarde. 

Pues son 8 euros. 

¿8 pavos por una copa? Estás loco. 


         Marcos H. Herrero. 

lunes, 12 de junio de 2017

Paseos por Florencia.


La inspiración reposa en la tumba de los artistas. 

El síndrome de Stendhal es una escalera estrecha,
sudorosa y caleidoscópica que nunca acaba.

Los tejados bermejos y vetustos
que ofrece el vértigo de Brunelleschi. 

Las contraventanas abiertas al calor seco y alfombrado 
de una calle mal empedrada,
por la que pasa un cojo limosnero
toreando el ansioso pitido de los coches eléctricos. 

Y los cristianos con sus espadas relucientes al sol,
rezando una letanía falsa e inmodesta. 

Y los moros vendiendo baratijas luminosas y voladoras,
surtiendo de cerveza fría a los borrachos como yo. 

La niebla de incienso que sale de los templos
y adormece al camarero que dispensa helados de colores. 

María Magdalena entra repintada en la tabaccheria
dispuesta a envilecer de humo a sus amantes. 

Las palomas se alimentan de los bordes de las pizzas
que los turistas tiran al suelo mientras hacen una cola
más larga que la infumable comedia que hizo del italiano 
un idioma digno de la diosa literatura. 

Miríadas de turistas persiguiendo el cartel sostenido por un guía,
todos con su palo selfie y su postureo,
viendo la vida a través de las pantallas de sus teléfonos. 

No hay mayores prisioneros que los que dejó Miguel Ángel
a mitad de camino entre el arte y el limbo del mármol arañado. 

La pose miedosa de un David
que envidia a su invisible enemigo,
pues él no tiene que aguantar
a las muchachas haciendo mofa con su miembro. 

Perseo manchando la piazza della Signoria
con la broncínea sangre de Medusa. 

El sastre que viste con igual esmero
al modelo, a la policia y al mafioso. 

El letrero de Martini anuncia otra noche
etílica, ruidosa, pecadora. 

Pintores callejeros fabrican postales miniaturistas
de los rincones más manoseados de la ciudad. 

Los camellos de la Piazza Santo Spirito
comparten su calzone 
con una china extraviada. 

Hoteles rancios de luces fundidas,
con olor a moqueta hinchada
y papel mohíno en las paredes. 

El joyero que talla una brillante joya
en un cuchitril del puente Vecchio. 

Botticelli espera a la primavera 
pidiendo otra ronda en el bar. 
" ¡Ay Simonetta! Eterna belleza desnuda,
mirando atónita a la agobiante plebe
tras un cristal a prueba de idioteces."

Yo paseo entre la amalgama de idiomas
apuntando palabras en mi libreta verde. 
Las escenas acontecen como a través 
de una cristalera del quattrocento. 

La inspiración llora en la tumba de los artistas. 


       Marcos H. Herrero. 


                 Tomando café en la plaza del Duomo. 


domingo, 21 de mayo de 2017

De recuerdos y despedidas.





Son las 8 de la mañana y huele a tierra mojada. El cielo tiene la cara sucia, triste, como aguantando un llanto de tormenta. Desayuno lo de siempre, té y cacao con grumos, en la ducha mi mente ya empieza a barruntar la derrota. Hoy puede ser un gran día. Salgo de casa con sonrisa radiante, saludo en el ascensor al vecino somnoliento que sale a pasear con su chihuahua gritón en brazos. Muy buenos días tenga usted. Y el perro enano con cara de a este le pasa algo. Soy yo el que abre la puerta del portal cediéndoles el paso a la mañana nublada. 

En la calle un chirimiri ablanda mi gomina chulesca, mi camisa blanca con ribetes rojos de las grandes ocasiones. El reloj corre endemoniado, la arena se desliza veloz hacia el depósito triangular de abajo, llenándolo de sequedad, produciendo un retraso en mi cita con la derrota. Abandono esta ciudad, ya de mediodía, demasiado pequeña para albergar semejante fracaso. 

Desde Guadarrama se ve la nieve que aún guarda las montañas, el frío que baja de ellas es tenue, extemporáneo, evoca el primer día que confundido pasé por aquí. Sería un invierno tardío de carretera congelada, todo era blanco y resbaladizo, ese día ¿recuerdas? Fabriqué unas décimas al invierno:

La nieve es una fría mañana 
que embellece cualquier postal,
blanca corriente golpea la ventana,
gotas derretidas en el umbral. 


Después me corté una vena, poniendo rojo sobre el blanco de la nieve. Creo que hoy va a ser un día de recuerdos y despedidas. 

Antes de entrar en Madrid un día laboral y a estas horas, el viajero ha de soportar un atasco, o quizá dos, tan eternos como los movimientos de un ciempiés. Una vez superada la aglomeración toca aparcar, más difícil que nunca hoy, día de partido, de partido importante, o qué cree el lector a qué hemos venido. Humo, choques, policía, prisas, segunda fila, pitidos, asfalto, intermitentes y por fin pongo el pie en una acera gris de Madrid. Madrid de mis amores, casa de acogida de todos los colores. Tu mestizaje siempre recibe con los brazos abiertos. De camino al estadio hacemos parada en todos los bares. Mira, Aquí nos encontramos con unas abuelas, creo que escribiste algo sobre ellas, ¡ah, sí! Sombras en el balcón:

Empezamos en un Madrid castizo
lleno de paseo y abuelitas rezanderas,
con la alegría de un mordisco rojizo
y la intención de dormir en gasolineras. 

La cerveza se derrama en la barra de las tabernas que lindan con el Manzanares, río culebrero y dominical que una vez quisimos atravesar sin pisar un puente. Vendedores clandestinos ofrecen brebajes entre el tumulto, se empiezan a escuchar los primeros cánticos, la palabra remontada, el aire huele a canuto, a lo lejos se ve el fuego de una bengala, los últimos rayos de la tarde son rojiblancos y restallan en las paredes del Vicente Calderón. 

Somos los últimos en entrar, el ruido es atronador, la gente enfebrecida, las gargantas alcoholizadas. Cuántas derrotas lleva a cuestas este Coliseo, cuántas lágrimas se soltaron por estas gradas, cuántas victorias y cuántas alegrías habrán iluminado estos focos. 
Desde luego a mí me dio más sonrisas que tristezas. Más abrazos que distancia. Más versos que victorias. Desde aquí sentimos el orgullo y el sabor amargo de la derrota, desde aquí nos levantamos cuando dicha derrota creía darnos por vencidos. Desde aquí el recuerdo envanece a la palabra, y desde aquí salimos una noche hacia las playas del sur. 

Deja de escribir que hemos marcado gol, ¿no ves a la gente? Un huracán se desata cuando el balón sobrepasa la portería contraria. Abrazos, saltos, gritos, alguien que casi cae encima de los de la fila de abajo, sonrisas, puños en alto. La hinchada se agarra a una histórica remontada y yo no salgo de mi asombro. Pasan unos pocos minutos y el árbitro concede penalti a favor de mi equipo. Yo no miro, que sí, mira, verás como lo metemos. Agarras fuerte mi mano y gol. Más saltos, más gritos, más afonía. Una locura, hasta yo creo en la victoria. Esto ya casi está. ¡Sí se puede! Coreamos al unísono. El sol se despide dejando en el cielo nubes negras que se acercan hacia nosotros. No nos importa, vamos ganando y estamos cerca de pasar a la final. 
A mi izquierda se sienta un viejito que me cuenta que viene desde Jaén con su hijo a ver el partido. Amenaza con su bastón la zona en la que se sienta la hinchada rival. No para de animar y maldecir las jugadas que no son de su agrado. A mi derecha tres chicos jóvenes y camuflados, pues son del equipo contrario, chirrían dientes. 

La esperanza dura poco, a los cuarenta minutos el balón se cuela en nuestra portería. La afición anima más que nunca, aún sabiendo que es imposible la remontada. Bufandas y cánticos al aire, caigamos como se merece. Poco más recuerdo o quiero recordar de la última vez que pisé el Calderón, hubo unos Relámpagos increíbles que iluminaron el cielo del Manzanares, se desató una tormenta atronadora y repentina, primaveral, y aún así seguimos aplaudiendo, cantando, llorando, riendo. 

En el mar hay un puesto, oficial de derrota, es quien se encarga de dirigir el barco cuando hay tormenta y todo está perdido. Eso parecíamos bajo el aguacero, oficiales de la derrota más bella de la noche y sus Relámpagos. Cuando gastamos todos los aplausos nos fuimos empapados a casa. Miro hacia atrás. Paseo de los melancólicos Manzanares, ¡cuánto te quiero!

Saltando los riachuelos de las aceras, con el rojiblanco desteñido en nuestras camisetas, llegamos al coche. Los cristales como acuarelas de huracán, como lágrimas de despedida. Mañana toca madrugar, levantarse de nuevo. Con el sueño cumplido de haber formado parte de la historia del Vicente Calderón. 

Para amenizar el viaje de vuelta y aplacar la resaca que va apareciendo en mi cabeza, recito uno de esos poemas que hice a Madrid. ¡Qué manera de palmar!

POSTAL MADRILEÑA. 

Indulto de amor odio, oso y madroño,
túneles con almas que lleva el diablo,
tan veneno adictivo, tan viejo retoño,
siempre fuiste un "pongamos que hablo". 

Madrid de mis toses furibundas,
de mis zambras borloteras,
lo mejor de las letras inmundas
es el Gijón y sus cigarreras. 

Camino por tus calles mirando edificios,
al fondo la trompeta de un jazz sin aliento. 
El mal menor de los pecados meretricios
fue darme de beber un martes sangriento. 
Fue perder el alma buscando los solsticios
que van desde Tabernillas hasta mi talento. 

Acoges a todos, escritores, músicos, poetas
a los que plagio para poder escribir al menos,
versos faltos de nubes, sobrantes de grietas,
complejos impávidos, relámpagos sin truenos. 

Madrid de mis penas moribundas,
de mis alegrías cabareteras,
lo mejor de las pinturas profundas
es tu Prado y sus hilanderas. 

En una de tus esquinas murió un diabético,
lo dejaste morir cuando fuiste Austria y pregunta. 
Ahora ganas con un equipo llamado Atlético,
que vende colchones en el metro de hora punta. 

Dolor soportable, dulce sinsabor,
nadie más me pilla desnudo. 
No dudes que seré mejor escritor
para volver a ti más a menudo. 

Castellana, Atocha, Gran Vía, Manzanares,
reloj diminuto de una niña que sueña. 
De Madrid al cielo pasando por los bares
donde escribo el delirio de una postal madrileña. 

     Marcos H. Herrero. 

jueves, 20 de abril de 2017

Cosas que aprendimos con el porno.


 - ¿Sabes lo que es una teta?
  - Uy, Sí. 
   The Simpsons. 


Siempre hay un chica ligera de ropa
esperando sola en casa al fontanero. 
Otro polvo conocido como farlopa
retrasa el tierno segundo del te quiero. 

En esta industria se paga por gemido,
aquí la buscona no es tan desorejada,
sólo quiere aparecer en una portada 
de la revista con la que se alivia el salido. 

Los cines X son tugurios de calle estrecha,
donde acude el soltero con gabardina
y la madre luctuosa e insatisfecha
a masturbarse lejos de la cruel rutina. 

Si quieres dedicarte al porno, tus pezones
serán mordidos por ojos ávidos e ilusos,
también has de saber los diferentes usos
de la palabra fuck y sus declinaciones. 

Todo correcto en los primeros planos,
hasta que el marido infiel desenfunda,
provocando el desnudo a dos manos
de la secretaria con garganta profunda. 

Tres mejor que dos, dos peor que uno,
lo que importa es el número y el tamaño,
tú tranquila que con saliva no hace daño
aunque entre en un agujero inoportuno. 

Las mujeres más hábiles hacen ventosa,
y los hombres sobreactúan en los ensayos
como si no fueran a ventilarse a la esposa 
del vecino cornudo vendedor de pararrayos.*

La pornstar traga el blanquecino teorema  
sin leer los efectos secundarios del jarabe,
ya sabemos que en algunas bocas cabe
hasta la escasa calidad de este poema. 

          Marcos H. Herrero. 

jueves, 13 de abril de 2017

A la semana de todo menos santa.


Hice un relato a mis 19, casi no ha llovido, sobre la Semana Santa. He intentado rescatarlo de mis papeles pero posiblemente acabó en la hoguera, me llevo fatal con lo que escribo, en fin, que el relato trataba sobre un personaje que va a la catedral de su ciudad, justo después de estas fiestas, para hablar con una talla de Cristo. El redentor le cuenta que se siente solo, que casi nadie lo visita ya, que después de la pompa y las flores todo acaba. Se queja y maldice de todos los quebradizos cristianos que llevaron a hombros un trozo pesado de madera y ahora olvidan. El prota, después de escuchar las inclemencias, abre la verja de la capilla y le ayuda a escapar. Los dos salen por la puerta del templo dejando atrás el incienso y su dogma innecesario. Y ahí puse la palabra fin. 
Sería un mal texto supongo, y como no doy ni con sus cenizas, he fabricado el poema de abajo. A falta de pan, buenas son tortas. ¿Y esto por qué? Pues porque no aguanto la Semana Santa. La gente peca más, de un modo sibilino, hipócrita. Ese gasto en velas, balcones, vino, cilicios, joyas, lágrimas, me hace vomitar hasta pasada la resurrección de las figuritas de madera policroma, cuando la carne débil de los devotos vuelve a delinquir. 


Suenan campanas sobre los tejados,
el silencio impone su ley en toda la calle,
una puerta se abre, móviles preparados
para grabar hasta el más mínimo detalle. 

Por ahí viene otro Cristo redentor
custodiado por falsos creyentes,
al son monocorde de un tambor,
regala lento absoluciones urgentes. 

Un cofrade penitente arrastra una cadena
para limpiar su alma de vacuos pecados,
luego en casa la virgen de la Macarena
le ayudará a dejar a sus hijos amoratados

Los flashes de la gente de tercera fila,
las saetas a una virgen trasnochada,
el policía registrando otra mochila,
no sea que un talibán explote en la grada. 

Capirotes de colores ruegan clemencia
a Dios para que el orgasmo no sea fingido,
en la cofradía todos saben la penitencia
que esconde Magdalena bajo el vestido. 

Un novio macabro fuera de escena,
lo que no aprende el hinchado recluta 
es que excepto la de los hijos de puta
no hay una muerte que sea buena. 

Si quieres ver y ser visto alquila un balcón,
da rienda suelta a tu caridad cristiana,
y disculpa esta pobre letanía, pero la pasión 
no es morir y resucitar la misma semana. 

Cuando todo termine brindaremos con atavío,
por nuestro afán protagónico y el engaño
que sigue vivo entre el acomodado gentío
que olvida los milagros hasta otro año. 

        Marcos H. Herrero.