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Derrota. (II)

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Artículo de opinión.  Nunca fui un gran aficionado al fútbol, me decía del Real Madrid, por herencia familiar o facilidad. Por mucha derrota que gasto también satisfago de ganar. Un día me invitaron a ver un partido de fútbol en el Vicente Calderón, no había visto ninguno en directo así que estaba encantado, además jugaba el Atlético contra el Real Madrid, copa del Rey, partido de vuelta, en la ida ganó el Real 3 a 0, otro motivo más para ir. Así que compré la bufanda del partido y dos horas antes de que comenzara entré en un bar próximo al estadio para emborracharme. La gente pasaba gritando, con bufandas y cerveza en la mano, con mochilas y esperanzas de una remontada ante su eterno rival, las luces azules de la policía llenaban el paisaje, todo estaba preparado. Después de apurar unas cuantas cervezas (creo que fueron demasiadas) salí del bar para camuflarme entre miles de aficionados rumbo al campo de fútbol. Griterío, cánticos, bengalas, y en el centro del hu...

México en piyama.

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Enciendo otra vez la luz del reloj de la mesilla, tres quince, los minutos no avanzan. Me muevo incómodo debajo de las sábanas, el fulgor de luna se cuela por las rendijas de la persiana, choca con el edredón agujereándolo por momentos, Sabi duerme y parece que el camión de la basura llegará con retraso a la acera de enfrente. Luz de reloj, tres diecisiete, el tiempo se vuelve denso en las noches insomnes. Llevo dos semanas sin escribir una palabra, es mucho, no hay besos, ni furia, ni relámpagos que me lleven lejos de aquí, el vértigo me impide perseguirte por los tejados y ahora he de pensar en una escena lejana, un sueño de ojos abiertos que permita calmar los nervios de días faltos de inspiración. Mi espabilada narcosis proyecta imágenes en las paredes, historias inventadas, o no tanto, que algún día escribiré, cuentos de caballeros galopando a banderas desplegadas por la Andalucía de los valientes Abencerrajes, poesías de balandros mecidos por el mar que un tímido niño co...

Libros.

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Aunque amaneció nublado podíamos dar un paseo, no me digas que no, es fiesta, está todo hecho y tal día como hoy murieron Shakespeare y Cervantes, los libros salen a la calle. Vístete, nos esperan en los soportales de la plaza Mayor, así que no te preocupes por la lluvia. Hablaremos de escritores locos y de ciudades que no hemos visitado, me emocionaré al contarte como un literato quiso entrar en el despacho oval con su capa del revés, iremos al pasado para traernos de vuelta versos ambarinos, historias mojadas, compraré algunos libros y escaparemos del viento mientras vamos de un lado para otro. Ya de vuelta en casa podríamos oler las páginas, colocar los libros en la estantería, podríamos secarnos. Acepta el guiño, coge mi mano, te prometo que la pasaremos bien.  Antonio Gala y su Manuscrito carmesí , la revista Pangea no vale un penique, Los enamoramientos visten un organdí que cae a la letra de Bryce Echenique.  Los heraldos negros ...

¿Qué quieres ser de mayor?

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"Se escribe por la imposibilidad de matar o de matarse."      E. M. Cioran.  El otro día leía ensimismado en el sofá un libro sobre crímenes imperfectos, Benjamín Black. Mi abuelo pasó al lado, farfullaba algo sobre las pensiones, ya saben como es la gente mayor, y su perfume me recordó a una mañana de mi infancia que llegué tarde al colegio. No pude leer más.  - Y tú Marcos ¿qué quieres ser de mayor? - El profesor ya le había hecho la misma pregunta a todos los niños de la clase, sólo faltaba yo, había llegado el último. Hubo respuestas de todos los colores: policía, bombero, médico, astronauta, actor, profesor, e incluso algunos, mis amigos, nosotros, los de la escala social más baja, los que aunque soñar sea gratis preferimos optar por sueños de semisótano, habían dicho albañil o camarero, lo cual provocaba una risa sardónica en el jefe de estudios, encantado de saber que en el futuro seguirían existiendo camareros que dispensaran Gin-tonic, y ...

Verde en el pantalón.

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Camino por la calle con mi habitual urgencia, prisas innecesarias que llevan a ningún lado, mirando mis tenis azules, con la cabeza puesta en versos y rimas, o en problemas tan inevitables como la rapidez con la que me desplazo. Alzo la vista para ver los edificios, parece increíble que detrás de esas infinitas ventanas existan vidas ajenas, personajes rutinarios, hogares cada uno ornamentado de una manera distinta. Hasta los balcones intentan parecer disímiles, algunos tienen flores que los embellecen, otros están descuidados y sólo los limpia la lluvia y el viento, tapados otros, con galerías acristaladas que destacan en el edificio y son estupendas para leer en los días de verano, otros sujetan las bicicletas de sus habitantes deportista. Si paseo por el extrarradio veré ropa tendida en los balcones, aunque cuando más me gusta admirar los edificios es de noche, a la hora en que las ambulancias respetan el silencio con sus luces, sin encender la sirena, y las ventanas s...

No fueron tantas.

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Hubo tantas que se creyeron princesas cuando caminaban por la calle de mi mano, aladares naranjas, falditas escocesas, el sortilegio barato de un perfume pagano.  Recuerdo ese tiempo que abrasa cuando crees que todo comienza, acabada la tarde volvíamos a casa cargados de duda y de vergüenza.  En lo oscuro nos pasábamos el canuto, la única manera de besar su saliva.  Los antiguos amores de instituto ahora parecen náufragos a la deriva.  Mi primera novia se llamaba Helena, su belleza no comenzó ninguna guerra, me duró tres días y fue una pena que sus padres se mudaran a Inglaterra.  Ni un beso me dio la que va a continuación, sólo miradas, roces, lápices de repuesto.  El primer pecado lo dejaba a la imaginación y yo encerrado en el baño hacia el resto.  Más tarde me enamoró una damascena, tres cursos por delante del mío.  La impericia, el probador y su melena inventaron un inviern...

Relámpagos de cafetería.

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Por mi afán de contrariar a las diosas, a menudo tomo té en una cafetería de cristaleras enormes. Me siento y observo, lento, el trajín de gentes, de coches, nubes que asfixian lo poco que queda de esta pequeña ciudad. A veces escribo, como ahora, en un cuaderno. Ya ven, por la tarde mi letra es ordenada, por la noche prefiero servilletas, con o sin carmín, ya que las personas cambiamos a medida que cae la arena de los relojes, no somos los mismos en la luz que protegidos por una insondable oscuridad.  Una pareja discute dos taburetes a la derecha, al parecer él se conectó a una hora sospechosa para ella, pasa el tiempo, no hay besos, exigen contraseñas invisibles, no hay abrazos, quieren que el contrario borre contactos antiguos, amigos en redes sociales. Serán celos interconectados, qué difícil debe ser amante estos días con estupideces conectadas a wifi. Y no hay caricias.  Ahora pasan por la calle tres muchachos agarrados, cómo no, a sus respectivos móviles,...